Hábitos de acción

Si consideramos la práctica de la pintura como una constante acumulación de acciones encaminadas a un fin concreto, podemos hablar de esa práctica como un hábito en el pleno sentido de la palabra. La pintura se puede entender entonces como el producto -físico y mental- de las acciones de quien se asume como pintor y se construye como tal a partir de esos mismos hábitos de acción. El fin concreto inmediato de dichas acciones podrá ser el construir una cierta imagen del mundo, esbozar un particular estado de cosas o simplemente dar forma a una serie de sensaciones o ideas, pero es la práctica constante lo que hace de ella un hábito y el hábito hace al pintor.  Cada uno de los artistas aquí reunidos se asumen como pintores a partir de su muy particular práctica del oficio, a partir de la acumulación de acciones que perciben como útiles (que no utilitarias) para sus fines personales: Sebastián Hidalgo se plantea su trabajo como una exploración pictórica encaminada a posibilitar la articulación de diversas relaciones entre la materia y la ideología, o entre la percepción y la conciencia. Sus obras sugieren, para quien lo quiera ver, la posibilidad de una apertura espiritual: de lo matérico a lo cósmico pasando por una figuración limpia y refinada. Para Rafael Uriegas la pintura es un vehículo para el ejercicio del dibujo y el estudio del color, informándose de la tradición abstracta y diversos referentes artísticos y culturales. Su reciente re-ubicación en Cholula le ha permitido percibir y trabajar la luz y el color de nuevas e interesantes maneras, lo cual se refleja en las piezas que incluye en esta exposición. Omar Galeazzi utiliza sus pinturas como un lenguaje para interpretar su mundo. Un mundo local pero también universal, en el que afloran los temas de los que se habla en la calle tanto como sus inquietudes e interrogantes existenciales: la política y el arte, la guerra y la paz, el grafitti y la vida cotidiana. Para él, las ideas e imágenes que plantea en sus cuadros adquieren significados que no terminan en la tela, sino que siempre se le revelan distintos a lo que él mismo planeó inicialmente. Sin alejarse demasiado de la figuración fotográfica que ha caracterizado su trabajo de los últimos años, Alberto Ibáñez Cerda se muestra más suelto y experimental, evidenciando las pinceladas con las que construye sus imágenes para intentar resolver, de primera intención, el parecido deseado. Los personajes que muestra son y están más cercanos a nosotros de lo que parecen a primera vista.  Sin ser en absoluto evidentes o incluso necesarias las posibles similitudes o relaciones entre las diversas obras de esta exposición, existe una filiación de lugar y geografía que permite cuando menos una serie de coincidencias afortunadas entre ellas: estas pinturas fueron producidas en puntos muy cercanos de la vecindad de Cholula, los volcanes, Chipilo y la majestuosa pirámide-iglesia, a los pies de la cual están ahora reunidas en Mercado Negro. Las coincidencias formales, ideológicas, estéticas o puramente vivenciales están ahí, entremetidas en los trazos y las pinceladas con que han sido construidas, sólo hace falta mirar.
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